Mis primeros pasos en el ministerio no comenzaron en un púlpito, sino en medio de grupos de jóvenes, risas, preguntas profundas y conversaciones que terminaban siempre apuntando a Jesús. Desde que llegué a la iglesia después de mi bautismo, algo dentro de mí ardía por servir. Y aunque todavía estaba descubriendo mi lugar, Dios ya estaba construyendo un camino que yo no imaginaba.
Me involucré rápidamente con los jóvenes porque allí me sentía como en casa. Quizá fue mi pasado lleno de sueños, cambios bruscos y búsquedas intensas lo que me dio un “gancho” especial para conectar con ellos. Entendía sus dudas, sus luchas, su energía, y sobre todo su necesidad de encontrar un propósito real. Así comencé sirviendo como director de jóvenes, organizando cultos, acompañando procesos espirituales y escuchando historias que me marcaban tanto como yo intentaba marcar las suyas.
Muy pronto me vi metido en proyectos de evangelismo juvenil, donde cada actividad me enseñaba cosas nuevas. Recuerdo mis primeras experiencias liderando dinámicas, coordinando equipos y preparando semanas de oración: eran pequeñas semillas que Dios usaba para enseñarme liderazgo, paciencia y visión. Participar en campamentos fue otra escuela invaluable; allí, entre fogatas, juegos, caminatas y momentos de adoración bajo el cielo abierto, descubrí cómo Dios toca corazones cuando los jóvenes se sienten vistos, escuchados y amados.
En cada campamento había un instante en el que todo se alineaba: los chicos compartiendo testimonios, otros pidiendo oración, algunos entregando su vida a Jesús. Y en esos momentos entendí que mi historia —con sus giros inesperados y mi propio encuentro con Dios— era parte del mensaje que yo debía compartir.
Mi ministerio nació allí: trabajando codo a codo con jóvenes, guiándolos en medio de sus preguntas y viendo cómo el Espíritu usaba mis palabras torpes, mis experiencias y hasta mis errores para acercarlos a Cristo. Eran días de mucho trabajo, de aprender sobre la marcha, de salir de la zona de confort… pero también eran días llenos de propósito.
Con el tiempo entendí que Dios no solo me estaba usando para acompañar a otros; estaba formándome, moldeando mi carácter, afinando mi llamado. Lo que empezó como un servicio voluntario se convirtió en una confirmación visible: Dios me estaba preparando para el pastorado.
Si hoy miro atrás, veo que mi ministerio no nació por casualidad, sino en cada joven al que acompañé, en cada proyecto en el que participé, en cada campamento donde Dios habló más fuerte que mis dudas. Ese fue el comienzo del viaje que sigo viviendo hasta hoy: un viaje donde Dios me enseña que cuando uno se dispone a servir, Él hace el resto.

Mi familia es uno de los regalos más sorprendentes que Dios me ha dado. Llevo 10 años casado con Daniela, una chilena increíble, apasionada por Jesús y con un talento especial para crear materiales que ayudan a niños y adolescentes a conocerlo mejor y soñar con su pronto regreso. Es meteoróloga —sí, literalmente ama las nubes— y quizá por eso siempre trae luz incluso en mis días nublados.
Nos conocimos en el Campus Adventista de Sagunto, en medio de su servicio voluntario… digamos de una forma tan inesperada que no la recomendaríamos como “método oficial”, pero funcionó.
Desde entonces, seguimos aprendiendo uno del otro y creciendo juntos. Daniela es mi compañera, mi apoyo y mi alegría diaria. Servimos juntos a nuestra iglesia con pasión, acompañando a niños, adolescentes y jóvenes para que descubran a Jesús de una forma viva, cercana y transformadora.
Disfruto practicar ciclismo de montaña porque me conecta con nuestro Creador, y Su creación, la naturaleza y me permite liberar energía mientras supero nuevos retos. El senderismo complementa esa sensación: caminar por distintos paisajes me ayuda a despejar la mente y renovar mi ánimo.
También juego al fútbol, un deporte que me apasiona porque fomenta el compañerismo y me mantiene activo. Leer es otro de mis pasatiempos favoritos, ya que me abre puertas a nuevos conocimientos y estimula mi imaginación. Además, el lettering se ha convertido en una forma de expresar mi creatividad, relajándome mientras diseño trazos y estilos.
Finalmente, la pedagogía me atrae porque me inspira a comprender cómo aprendemos y cómo acompañar a otros en sus procesos. Cada uno de estos pasatiempos aporta algo valioso a mi vida, desde bienestar físico hasta crecimiento personal.


Destaco de mi ministerio la oportunidad de caminar junto a los jóvenes y ver de cerca cómo Dios transforma sus vidas. Desde mis primeros pasos como líder juvenil hasta hoy, he descubierto que mi mayor pasión es crear espacios donde ellos puedan encontrar identidad, propósito y una fe auténtica.
Actualmente, sirvo como director nacional de JAE, un ministerio que me permite impulsar proyectos de evangelismo, discipulado y liderazgo juvenil en toda España. Mis áreas de trabajo incluyen acompañar a líderes locales, desarrollar recursos formativos, organizar eventos nacionales y promover una cultura de misión que inspire a los jóvenes a seguir a Jesús con valentía.
Mi función principal es escuchar, conectar y equipar a esta generación para que viva su fe de forma creativa, comprometida y relevante. Creo profundamente en el potencial de los jóvenes, y cada día trabajo para que descubran que Dios tiene un llamado único y poderoso para ellos.
“Si no estamos haciendo que la vida de alguien sea mejor, entonces estamos desperdiciando el tiempo”.
Obten 20% de descuento en tu primer pedido
Utiliza el código anterior para obtener un 20% de descuento en su primer pedido al finalizar la compra.

Cada 2 semanas, recibiréis nuestra newsletter donde encontraréis información, noticias, ofertas, responder encuestas y mucho más. Únete a nuestra gran familia.
Puedes consultar todos los productos disponibles y comprar algunos en la tienda
Volver a la tienda